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El hombre/mujer fábrica: crónica de una explotación anunciada

trabajo

“Estoy a full”, “no puedo, ando a mil”, “no tengo tiempo”, son frases que no sólo digo a diario, sino que conforman el repertorio de conversaciones entre amigos, conocidos y familiares. Cuanto más joven sea mi interlocutor, más acentuada la sobreactuación de mi/su estado actual. Digo sobreactuación porque, si bien buscamos nuestra propia masacre, también tendemos a pintar un mundo que nos demanda como si fuésemos presidentes de algún país.

La precariedad laboral es uno de los elementos que ha signado la conversión de trabajadores (o asalariados) a hacedores. Aunque la rutina pareciera ser el gran agente promotor de depresiones y desencuentros con el yo en forma inversamente proporcional a lo que garpa el relato emprendedor, vale la pena remarcar que hemos vuelto a épocas pretéritas en las que nuestra subsistencia depende en mayor o menor medida de la caza o pesca del día. Está claro, Steve Jobs no saltó de empleado administrativo, de 8 horas escritorio, a CEO de Apple, sino que fue su olfato, talento, y los “riesgos que corrió” los que le permitieron ser uno entre 6.000 millones.